El maíz sabe mejor en el sistema de honor

Traducción de Corn Tastes Better on the Honor System de Robin Wall Kimmerer, en Emergence Magazine.


El maíz sabe mejor en el sistema de honor

por Robin Wall Kimmerer

Yo lo recuerdo. Cómo sus canciones nos atraían a la tierra caliente solo por la dicha de escucharlas. Cómo nos estirábamos al sol y convertíamos aire en azúcar, mis hermanas y yo, hojas y raíces entrelazadas. Me siento sola sin ellas. El abuelo Teosinte se fue hace tanto, ¿dónde está esa gentil guía cuando más la necesitamos? ¿Y nuestra linda gente, con sus pies y azadones en la tierra, cumpliendo el acuerdo hecho hace tanto tiempo? ¿Qué pasó con las canciones que sabíamos? Yo recuerdo cómo celebraban a mis bellas niñas con banquetes y honor, y cómo las pasaban de mano en mano en el día de acción de gracias. Recuerdo que sabían mi nombre. Las personas han olvidado, pero las semillas recuerdan.

Tengo en mi mano el fruto del ingenio, un producto miniaturizado que se da energía a sí mismo desplegando células solares autogeneradas. Sus sofisticados códigos internos le permiten replicarse diez mil veces sin necesidad de una impresora 3-D. Bajo su superficie vidriosa, una intrincada red de neuronas aprovecha zumbantes circuitos eléctricos para capturar carbón de la atmósfera, purificar agua y producir oxígeno respirable. Y por si estas características no fueran suficientes, es la tecnología de producción de comida más sofisticada alguna vez ideada. Con múltiples apps instaladas, puede hacer tamales, borbón, soda, quequitos y combustible diésel. Esta maravilla de la ciencia nos llega, gratis, de desarrolladoras de alta TEK que vivieron en el valle del Río Balsas hace más de nueve mil años, no de ingenieros de alta tec de Silicon Valley. No viene de Apple, viene de Maize.

Tengo en mi mano cuatro semillas con los colores de la rueda medicinal: negro como las nubes en la tormenta, amarillo como el sol, blanco como la luz de la luna y rojo como la sangre. Tengo en mi mano la memoria de mis antepasadas en el jardín. El ADN de cada célula lleva la historia de dedos café poniendo estas semillas en la tierra, dedos así como los míos, con tierra bajo las uñas. Estas agricultoras nutrieron no solo comida, sino también una extraordinaria diversidad genética, con la capacidad de adaptarse a climas cambiantes y a un futuro siempre incierto. Yo podría usar algo de eso en este momento. Este es el fruto de una sofisticada ciencia indígena: conocimiento ecológico tradicional, conocido como TEK1. El ADN debajo del brillante recubrimiento de las semillas es fuente de ingenio, la creatividad del maíz casada con la crianza humana. Tengo en mi mano el fruto multicolor del genio colectivo, un acuerdo entre sol, tierra, agua, planta y granjera. Han entrado en un pacto de reciprocidad: si el maíz cuida a las personas, las personas cuidan del maíz.

Cuando hablamos de «tecnología», con frecuencia pensamos en los productos electrónicos y en procesos industriales que tiñen el panorama de la Era Digital. Pero, una piedra para afilar, un sistema de irrigación y la espiga de una mazorca también son tecnología, una palabra que deriva del griego «tekhne», que significa arte o artesanía. Tecnología es simplemente la aplicación del conocimiento humano para solucionar problemas, cumplir necesidades, o satisfacer deseos. Una fabrica que sintetiza jarabe de maíz alto en fructuosa es una tecnología nacida de la ciencia y la ingeniería, así como lo es el proceso de domesticar, criar y procesar maíz, realizado por les granjeres indígenes. La herencia de las semillas de maíz que tengo en mi mano, y los productos de maíz en tu plato, son manifestaciones tanto de alta tec como de alta TEK.

Las herramientas que escogemos adoptar influencian cómo se desarrolla la cultura, y también reflejan valores culturales. El maíz es central tanto para indígenas como para sociedades agroindustriales, pero la forma en la que Zea mays es entendida y usada por cada una no podría ser más diferente.

¿Maíz o «corn»? Esta notable planta ha sido conocida por tantos nombres como los pueblos que la han cultivado: La semilla de semillas, nuestro pan de cada día, la esposa del sol, y madre de todas las cosas. En mi propia lengua, el Potawatomi, decimos mandamin, o la semilla maravillosa. El nombre científico es Zea mays, «mays» refiriéndose al nombre Taíno que Colón registró en su diario cuando probó por primera vez «un tipo de grano que llaman mahiz, que sabe muy bien hervido, rostizado, o hecho en atol». Mahiz, que significa el «portador de vida», se convirtió en la palabra maíz en español. Estos nombres indígenas honran al maíz como el centro de la cultura, y reflejan una relación de profundo respeto entre las personas y quien las sustenta.

El término «corn» usado para el cultivo moderno no lleva nada de este sentimiento y está basado en la intencional negación a ver el significado de la planta. En lugar de adoptar el nombre respetuoso indígena, los colonos ingleses sólo le llamaron «corn». Un término aplicado a cualquier grano, de cebada a trigo. Y entonces comenzó, la colonización del maíz.

Yo vivo en el exuberante y verde campo del norte de Nueva York, en un pueblo que probablemente tenga más vacas que personas. Casi todas las personas que conozco plantan algo: manzanas, lúpulo, uvas, papas, bayas y mucho maíz.

Cuando llevo mis semillas al jardín escucho el tractor de mi vecino y percibo un poco del olor a fertilizante con amoniaco que está rociando en los campos. Vi las luces de este tractor yendo y viniendo muy tarde anoche, preparándose. Es un momento intenso del año. Mucho depende de la preparación y sincronización. Él ha aceitado cada engranaje y cargado las semillas. Ambes sabemos que la lluvia viene. Es hora de plantar. Yo también me estoy preparando, preparando el suelo con un poco de olor a sahumerio, pidiéndole permiso a la Madre Tierra para que reciba estas semillas y celebrando con una canción la vida que hay dentro de cada grano.

Mi puñado de maíz flint del Red Lake es un regalo de les preservadores de semillas heredadas, mis amigues de la granja de la Nación Onondaga, unas cuantas colinas más allá. Esta variedad es tan vieja que acompañó a nuestra gente Potawatomi en la migración de la costa este hasta los Grandes Lagos. Si solo pudieras cargar una única bolsita con semillas, esta sería la escogida, con nutrición para la salud física y enseñanzas para la salud espiritual. Sosteniendo las semillas en la palma de mi mano, siento la memoria de la confianza en que la semilla cuidará a las personas, si nosotres cuidamos la semilla. Estos granos son un eslabón tangible de la continuidad de la historia, identidad y cultura, de cara a todas las fuerzas que buscan borrarlas. Yo les canto antes de ponerlas en la tierra y les ofrezco un rezo. La mujer que me dio estas semillas tiene la costumbre de que cada una de las semillas a su cuidado sea tocada por manos humanas. Al cosecharlas, pelarlas y categorizarlas, cada una siente la tierna consideración de su compañere, le humane.

Mi vecino compró sus semillas a un distribuidor. Son una nueva variedad genéticamente modificada, que él no puede guardar y replantar, sino que debe comprar cada año. A diferencia de mis semillas multicolores, las suyas son de un dorado uniforme. Serán sembradas con olor a diésel y la canción de engranajes rechinando. Yo sospecho que esas semillas nunca han sido tocadas por une humane, solo manipuladas por máquinas. Sin embargo, cuando las semillas entran en contacto con el suelo y la gentil lluvia de primavera empieza a caer, sospecho que él ve hacia el cielo y reza. Ambes damos un paso atrás y observamos el milagro desenvolverse.

Nuestras distintas formas de plantar reflejan no sólo las diferentes escalas y objetivos de nuestro trabajo, sino también nuestras relaciones fundamentales con la planta. En la visión del mundo occidental, la planta se entiende como un tipo de máquina fotosintética, sin percepción, voluntad ni personalidad. Las semillas que mi vecino perfora en el suelo son vistas como objetos, no muy diferentes al fertilizante o herbicida, otro engranaje en la granja convertida en fábrica. En esta visión de mundo, las plantas son puestas abajo en la jerarquía de la vida, una percepción que es invertida en los caminos indígenas del conocimiento. Al otro lado de la colina, en la granja de la herencia, las plantas son respetadas como portadoras de regalos, como personas, y de hecho, con frecuencia como maestras. ¿Quién más tiene la capacidad de transformar luz, aire y agua en comida y medicina, y luego compartirlas? ¿Quién cuida a las personas tan genuinamente como las plantas? Creativas, sabias y poderosas, las plantas son imbuidas de espíritu en una forma que la visión occidental reserva sólo para les humanes.

Ciencia y tecnología van mano a mano, cada una estimula a la otra a seguir adelante. La ciencia occidental es una forma poderosa de generar conocimiento, pero no es la única. Mucho antes de que los colonizadores llegaran a nuestras costas, aquí habían científiques de todo tipo, incluyendo botanistas, agronomes y geneticistas, practicando ciencia indígena y desarrollando tecnologías regenerativas. La naturaleza de estas dos formas de entender el mundo está escrita en la tinta de un verde vívido en nuestros respectivos campos de maíz.

La ciencia occidental hace la afirmación de que la objetividad e intencionalidad puras destierran la subjetividad de sus explicaciones en favor de enfoques reduccionistas y estrictamente materialistas. Yo estoy entrenada como científica, y honro la importancia de este método. Hay buenas razones para que exista cuando las preguntas a responder son de «cierto o falso». Pero hay otras preguntas más grandes, para las que la exclusión de los valores humanos podría llevar a resultados no planeados.

Se dice que los cuatro colores de mi mazorca flint del Red Lake representan los cuatro colores de la rueda medicinal, que es un símbolo del enfoque holístico indígena hacia la generación de conocimiento. Entre sus significados, los cuatro colores nos recuerdan que nosotres humanes tenemos cuatro formas de percibir y entender el mundo, con mente, cuerpo, emoción y espíritu. No hay una separación estricta entre lo subjetivo y objetivo, sino un estímulo a considerar lo que podríamos aprender al usar cada una de estas poderosas habilidades. La combinación brinda intuición no sólo para preguntas de «cierto y falso», también para preguntas de «correcto o incorrecto».

El maíz es tan central para la vida que tiene un lugar poderoso en las historias de la creación de les Mayas. Después de hacer la hermosa Tierra, les dioses creadores se pusieron a hacer seres dignes de estos regalos. Después de varios intentos fallidos, los creadores gemelos tomaron dos colores diferentes de maíz y con ellos formaron a les humanes. Las personas hechas de maíz fueron de lo más agradable para los dioses, por su gratitud hacia la vida, su cuidado hacia otres seres y su alegría. Maíz, Madre de Todas las Cosas, le dio vida a las personas. Los libros que registraban estas historias fueron quemados por los colonizadores, que se veían a sí mismos creados a imagen de dios, no de una humilde planta.

Les bioquímiques confirman que de hecho somos personas hechas de maíz. Por su fotosíntesis inusual, el maíz deja una firma en nuestros tejidos escrita con su proporción particular de isótopos de carbono. Las personas consumidoras de maíz de las Américas llevan en su carne una proporción de estos isótopos muy diferente al de las consumidoras de trigo de Europa, o las consumidoras de arroz de Asia. Une bioquímique concluyó que les Americanes somos «Tostitos caminantes», básicamente. Si vas por el supermercado leyendo etiquetas, encontrarás que cerca del 70% de las comidas procesadas contienen maíz en alguna de sus formas: jarabe de maíz, aceite de maíz, maicena, y más. Los huevos, lácteos y la carne llegan a nuestros platos y entran a nuestras células a través del maíz del que se alimentan. El maíz es la base de nuestra cadena alimenticia. Qué irónico es que al inicio los conquistadores tenían miedo de comer este delicioso grano, pensando que si comían la comida de les «salvajes» se convertirían en ellos. Desafortunadamente, ese miedo probó no tener fundamento.

A pesar del recordatorio de los millones de acres de hojas verdes ondulantes y mazorcas doradas, el maíz procesado es tan ubicuo en nuestras vidas que nos hace pensar del maíz como un producto y no una planta viva. ¿Cuál es nuestra relación con la planta que tan literalmente nos creó?

Los escritos de algunos de los primeros colonizadores revelan que creían que el maíz era un cultivo primitivo, porque no requiere máquinas ni animales para su cosecha y procesamiento, como el trigo que les era familiar. Confundieron la aparente facilidad con la que el maíz alimentaba a las personas como si fuera una falta de sofisticación de su agricultura, en lugar de reconocer la genialidad del sistema. El maíz no ocurrió por accidente. Charles Mann ha llamado a su evolución un «acto audaz de manipulación biológica consciente» por parte de les granjeres mayas.

A diferencia de otras plantas cultivadas, al maíz se le ha llamado una «invención humana que no existe de forma natural en estado salvaje y que solo puede sobrevivir si es plantada y protegida por humanes»2. El proceso de domesticación cambió a la planta de forma dramática hasta el maíz que conocemos hoy. La selección artificial por granjeres observadores y expertes dirigió a una planta cuya forma y función le permitió convertirse en una de las tecnologías de producción de alimentos más eficiente jamás inventada. Cerca del 6500 a.e.c., el maíz era cultivado más ampliamente que cualquier otra planta a lo largo de las Américas, y con mayores rendimientos y múltiples usos.

¿Cómo ocurrió esto? Es la historia de la danza entre los dones únicos de la planta y el don único de la humanidad por la tecnología. No la tecnología en el sentido de máquinas autónomas que nos separan del mundo viviente, sino una tecnología sagrada, que nos une. Usando ciencia indígena, humane y planta están enlazades como cocreadores. Les humanes asistieron en el parto de esta creación, no son sus maestres. La planta innova y las personas nutren y dirigen esa creatividad. Están unides en un acuerdo de reciprocidad, de prosperidad mutua.

Una historia del origen del maíz de nuestro pueblo Potawatomi llama al maíz como la primera madre de nuestro pueblo, una mujer que arrastraba una hoja verde detrás de ella. Por amor a les niñes hambrientes que vendrían, dio su propia vida y cuando fue puesta en tierra fértil se convirtió en la Madre Maíz, sacrificando a sus propies hermoses niñes semilla por todas las generaciones que siguieron.

La agricultura del maíz es pragmática y sagrada a la vez. En la sociedad dominante no consideraríamos al pan de maíz una comida sagrada. Es solo un producto, algo de comer, así de alejades estamos de sus orígenes. En el pensamiento occidental, meramente objetivo y científico, el maíz es simplemente un paquete de almidón, proteína y lípidos unidos de forma conveniente en una semilla. Pero, cuando el maíz es llamado «La esposa del Sol», o «Madre de todas las cosas», recordamos que los granos no son solo «cosas» sino un regalo de una planta, un ser creado de luz y agua y aire, lo inorgánico traído a la vida en una unión del cielo y la tierra para que nosotres mismes vivamos. Este es el pensamiento de la rueda medicinal que permite que espíritu y materia conversen.

La reverencia al maíz se ha perdido en la agricultura industrial, pero vibra en el aire en la granja de la herencia en la Nación Onondaga, donde trenzas de mazorcas multicolores cuelgan de las vigas. La Nación Onondaga es el centro de la Confederación Haudenosaunee (Iroquois), de quienes habilidosas granjeras han atendido campos de maíz que se extienden por millas. «Estas semillas son nuestras antepasadas», dice la granjera Angie Ferguson. «Cada semilla lleva el conocimiento del regalo que recibió. Sabe qué hacer. Es un milagro poner una semilla en el suelo y ver lo que pasa». Angie es líder en el movimiento Braiding the Sacred, que administra las semillas y que está revitalizando la agricultura indígena, granjera por granjera, semilla por semilla, canción por canción.

Ellas llaman rematriación al proceso de devolver las semillas y el respeto hacia ellas. La cuidadora de semillas Rowen White escribe que «la palabra “rematriación” refleja la restauración de las semillas femeninas de vuelta a las comunidades de origen. El concepto indígena de Rematriación se refiere a reclamar los restos ancestrales, la espiritualidad, la cultura, el conocimiento y los recursos, en lugar de repatriación, más asociado con el patriarcado. Simplemente significa de vuelta a la Madre Tierra, un regreso a nuestros orígenes, para vivir y cocrear, en lugar de la destrucción y colonización patriarcal, una recuperación de la germinación, de la vida que da fuerza al Divino Femenino». Ellas están replantando lo sagrado. Aquí, ellas recuerdan el nombre de la Madre Maíz.

A Angie le dieron la responsabilidad de cuidar la colección de semillas que representa un legado de tecnología sagrada. En filas de jarras relucientes hay cientos de mazorcas como no se han visto antes: mazorcas de palomitas de maíz de cuatro pulgadas como jade, mazorcas de catorce pulgadas, casi negras; magenta, ocre, rosado manchado, azul, blanco, rojo y calicó, mazorcas como wampum morado y blanco, colores del atardecer, granos marcados por alas de águilas, de 6 filas, 8 filas, 20 filas, rectas, en espiral, maíz para harina, maíz para mush, maíz para rostizar, maíz para sopa, para chicha, para medicina usada en ceremonias, maíz de raíces alargadas para el desierto, maíz de corta temporada para el norte. Si maíz y granjere pudieron pensarlo, está en esas jarras.

El objetivo del fitomejoramiento indígena del maíz fue promover la diversidad genética, porque en la diversidad yace la estabilidad y la seguridad alimenticia. Les granjeres trabajaron con la planta, guiándola con habilidad para que satisficiera las necesidades naturales del paisaje y las personas.

Los detalles precisos de cómo fue domesticado el maíz a partir de sus ancestras salvajes permanecen un poco en el misterio. Análisis arqueológicos y genéticos revelan que es probable que el maíz fuese domesticado hace unos 9000 años a partir de la hierba salvaje ancestral teosinte, Zea mays ssp. parviglumis. «Teosinte» es una palabra indígena Nahuatl que significa «sagrada oreja de maíz».

El teosinte puede cruzarse con el maíz, y es bien recibido por les granjeres tradicionales en los bordes de los campos, donde es muy apreciado por su capacidad de «fortalecer» el vigor del cultivo de maíz. La investigación genética muestra que los cruces entre el teosinte ancestral y el maíz en evolución han jugado un rol importante en los cambios que acompañaron la domesticación. El proceso de retrocruzamiento de una híbrida con su ancestra, conocido como introgresión, es un motor para la diversidad genética, que crea nuevas combinaciones que les granjeres luego pueden seleccionar para sus campos y propagar. La introgresión aún se usa en el fitomejoramiento contemporáneo del maíz, pero de hecho, las innovaciones que la agroindustria reclama con patentes se originaron en la ciencia indígena, que creció desde el conocimiento íntimo de la naturaleza del maíz y sus necesidades ecológicas.

Pero, seamos honestes. No podemos darle todo el crédito de la invención del maíz a les humanes. El maíz es una innovación tan alejada de sus parientes del monte que, si tuviéramos que dar una patente por su brillante diseño, esta debería ser para la misma planta. Les humanes notaron lo que el maíz inventó, y luego lo adaptaron para sostener sus propias vidas.

Un distintivo de muchas tecnologías es que aprovechan energía que no es nuestra para realizar una tarea. El maíz, el Portador de Vida, es un maestro de la transformación de energía. Logra proezas que les ingenieres aún no han duplicado: la fotosíntesis.

Parte de la historia de la excepcional productividad del maíz se basa en su fotosíntesis C4 supercargada, presente sólo en 5% de las especies de plantas con flores. El proceso C4 permite una alta eficiencia al convertir dióxido de carbono de la atmósfera en los bloques de azúcar que construyen la vida vegetal. El maíz puede llegar a ser 50 por ciento más productivo que plantas típicas C3, como el trigo y las papas. Si se ve de cerca, es posible observar dónde ocurre la magia. Cada una de las largas venas en una ondulada hoja de maíz está rodeada por un círculo de células verdes gorditas. Parecen de un tono de verde distinto al de las células de la hoja, y lo son, debido a un tipo distinto de cloroplastos, el motor responsable de convertir el dióxido de carbono en comida. Este grupo especial de hojas cobertoras tiene enzimas únicas que capturan carbono, y que son muy buenas en su labor. Si nos imaginamos dentro de la hoja, podríamos ver las moléculas de dióxido de carbono siendo transportadas através de las relucientes membranas en las garras de una enzima especialmente diseñada. A diferencia del aparato C3, que puede ser secuestrado por el oxígeno errante, cada una de las moléculas de CO2 que atrapan se convierte en el precursor de nuestro azucarado pan de maíz que luego es polimerizado en almidón para su fácil almacenamiento en la semilla.

El maíz comparte las raíces fibrosas, las flores polinizadas por el viento, y las largas hojas de la familia de las hierbas, pero en muchas formas se distingue. No menos importante es su tamaño extraordinario, que le mereció la descripción de «una hierba monstruosa». Vive a escala humana, desafiando la naturaleza discreta de sus parientes en formas que revelan su larga asociación doméstica con las personas. Que yo conozca, el maíz es la única planta que produce comida que comparte el tamaño del cuerpo humano. Los árboles son mucho más grandes, la mayoría de cultivos son más pequeños, pero el maíz y las personas se pueden parar cara a cara. Muchas hierbas, como las que hay en tu césped o los altos pastos de la pradera, se diseminan y hacen muchos brotes idénticos a partir de una única semilla. A esto se le llama macollamiento. Sin embargo, el maíz no tiende a macollar. Lo que hace es enfocar toda su energía en hacer un sólo tallo genéticamente único, tan alto y robusto como une granjere.

La forma distintiva en la que florece el maíz lo hace ideal para la crianza. Las flores macho y hembra están en diferentes partes de la planta, lo que hace posible influenciar el linaje de las semillas. Las espigas macho sueltan polen desde lo alto de la planta, y las flores hembra cubiertas dentro de la mazorca se conectan con el mundo exterior sólo por las barbas del maíz, estos tubos largos que son el conducto para la fertilización. Cada hebra de las barbas del maíz llevan a un ovario en espera, que si es polinizado, se convierte en un grano de maíz individual. Le granjere astute cruza machos de un tipo con hembras de otro para obtener nuevas variedades. Con mazorcas enteras de diferente descendencia de donde escoger, le granjere escoge las mejores combinaciones genéticas cada año, mejorando y cambiando la planta de forma gradual a través de la selección artificial. Ya sea polinizado de forma abierta o el resultado de un emparejamiento cuidadoso, el maíz es una planta con una diversidad genética extraordinaria. El maíz moderno de la agricultura industrial cultiva un producto uniforme y homogéneo, muy distinto a la desenfrenada variedad del maíz indígena.

Una mazorca de maíz representa una familia entera de semillas ancladas al elote. Ninguna otra planta empaqueta sus semillas ricas en energía de una forma tan eficiente. Esto es bueno para la planta y bueno para las personas. Las semillas nacidas individualmente son vulnerables a pestes, enfermedades y pájaros hambrientos, pero el maíz las protege a todas en sus capas de hojas enfundadas. Es mucho más fácil cosechar semillas empacadas en una mazorca que semillas individuales. Esta eficiencia significa que una única planta llenará de forma generosa una olla de sopa para sus cuidadoras. Con toda esa descendencia envuelta en una sábana de hojas, el maíz personifica su nombre: la Madre Maíz.

Estas mismas características que hacen que el maíz sea tan valorado por humanes hace imposible que sobreviva sin nosotres. Con todos esos granos estrechamente empacados y completamente encerrados por las hojas, las semillas están atrapadas. No se pueden diseminar por sí mismas. Necesitan las manos humanas para liberarse de las hojas, soltarlas de la mazorca y sembrarlas en tierra fértil. Nos necesitan para empujarlas en la tierra en cada primavera. Las personas y el maíz están enlazadas en un círculo de reciprocidad, no podemos vivir sin él y él no puede vivir sin nosotres.

Conforme avanza la primavera, el maíz de mi vecino que brota inscribe líneas de verde brillante contra el suelo oscuro, dibujando contornos de tierra, como curvas isoclinas en un mapa topográfico viviente. Su uniformidad hipnótica hace que parezca plantado por una máquina. Y por supuesto que fue así. Sonrío por la desviación ocasional donde las líneas se tuercen por unas cuantas yardas. Tal vez el conductor estaba distraído por un mensaje entrante o se desvió para evitar a una marmota. Su distracción quedará escrita en la tierra todo el verano, un bienvenido elemento de humanidad en un paisaje de fábrica de alimentos.

Mi jardín se ve diferente. La palabra «simetría» no tiene uso aquí, en donde los montículos de tierra fueron paleados en parches. Yo estoy sembrando de la forma en la que me enseñaron, usando innovación brillante generada por la ciencia indígena: la policultura de las Tres Hermanas. Siembro tres especies en cada montículo: maíz, frijoles y calabaza. No así como así, sino sólo las variedades correctas justo en el momento correcto. Esta maravilla de la ingeniería agrícola rinde más nutrición y mucha más comida en un área de igual tamaño que un monocultivo, con menos trabajo, lo que es apreciado por mis cansados hombros. El maíz brinda una escalera hecha de hojas para que el frijol trepe, obteniendo acceso a más luz y polinizadores. En recompensa, el frijol fija nitrógeno, lo que alimenta al demandante maíz. La calabaza con sus grandes hojas da sombra al suelo, manteniéndolo fresco y húmedo, y a la vez suprime el monte. Este es un sistema que produce un rendimiento y nutrición superiores y no requiere herbicidas, fertilizantes añadidos ni pesticidas. Y aún así le llaman tecnología primitiva. Yo la tomo.

A lo largo del valle, las filas uniformes de maíz en su aislamiento de alta tecnología me parecen solitarias. Pero son visitadas de forma regular por tractores que les rocían químicos.

Mi vecino está cultivando maíz para alimentar ganado, por lo que se cosecha cuando está seco y duro. Por suerte unes poques de mis otres vecines tienen campos de maíz dulce para comer fresco. El maíz dulce es un mutante azucarado que surgió del enorme almacén de diversidad genética que tiene Zea mays. Me gusta tomar el mío del puesto de la granja en donde es recogido cada tarde, así cuando te detenés ahí camino a casa del trabajo solo lleva unas horas fuera de la planta. Hay un tarro de café al lado de la pila de mazorcas húmedas en el que dejás el dinero. El maíz sabe mejor en el sistema de honor.

El maíz moderno que disfrutamos como maíz dulce recogido fresco, chorreado con mantequilla en una tarde de verano, no siempre ha tenido esta forma abundante. De hecho, podríamos no reconocer del todo a su ancestro.

La historia de la domesticación del maíz se puede leer en los estratos arqueológicos, en los núcleos de polen, en viejas chimeneas y ollas, y en basureros abandonados hace milenios. Los granos de maíz y las mazorcas se preservan bien, y capa por capa de una cuidadosa excavación arqueológica, en sitios como la Cueva de los Murciélagos en Nuevo México, registran la larga y cambiante relación entre el maíz y los pueblos indígenas que lo cultivaron.

Las mazorcas más antiguas que han sido desenterradas tienen sólo una pulgada de largo y sólo dos cortas filas de granos. Estas muy antiguas semillas de maíz tenían solo un décimo del tamaño de los granos modernos y eran duras como la piedra, lo que las hacía casi incomestibles. ¿Entonces por qué las personas las cultivaban? Les granjeres ancestrales encontraron una forma de usar este recurso no disponible de otra manera, desarrollando una tecnología que hizo comestibles estas semillas rompequijadas. El método más antiguo conocido para procesar el maíz era calentar las semillas en un recipiente de cerámica seco sobre el fuego caliente. Esto causaba que la humedad dentro de la semilla se expandiera rápido y explotara a través de la cobertura de la semilla en una bocanada blanca. ¡Palomitas! Nuestro bocadillo moderno es una tecnología ancestral para convertir una semilla incomestible en un alimento principal. Guirnaldas de palomitas de maíz eran usadas en las ceremonias ancestrales para celebrar este delicioso regalo.

Los estratos arqueológicos también incluyen la variedad temprana del maíz, conocida como maíz salvaje, al que hoy se refiere como «maíz abuelo» por su gran antigüedad. Cada semilla individual se mantenía en su propia vaina pequeña, como un envoltorio de papel. Siglos de selección artificial y hábil crianza llevaron a una mazorca que tiene hasta veinte filas de grandes semillas, envueltas colectivamente en una vaina. Durante su cultivo, la planta pasó de tener baja estatura con muchas ramas largas y numerosas mazorcas pequeñas, a la arquitectura majestuosa del maíz moderno, con mazorcas mas grandes y semillas más suaves.

El maíz que yo estoy sembrando y que Angie cultiva lleva los genes de muchos linajes de maíz que fueron protegidos por sus compañeres, les granjeres. La diversidad surge de la composición genética intrínseca de la planta. Esto debe ser dicho: todos los genes, salvajemente recombinados con el impulso de les granjeres, son genes de maíz. La identidad y soberanía genética de la Madre Maíz está intacta.

El maíz que mi vecino está sembrando, como casi todo el maíz sembrado en los Estados Unidos, está modificado genéticamente. La ingeniería genética ha sido usada para insertar por la fuerza genes foráneos de otros organismos en el ADN del maíz. Genes de bacterias fueron introducidos para hacer al maíz más resistente a enfermedades y ataques de insectos, ambas cosas que plagan a los monocultivos. Monsanto Corporation, junto a fabricantes de herbicidas, ha insertado genes foráneos que permiten que el maíz sobreviva a ser rociado con Roundup, mientras el monte muere. Es cierto que esta tecnología aumenta la eficiencia de la producción, pero también representa una amenaza para los insectos benéficos, el suelo, y les granjeres tradicionales cuyos cultivos han sido contaminados por el flujo del polen del maíz genéticamente modificado. Esta es una tecnología que desarraiga el acuerdo original entre el maíz y las personas y subordina el maíz a las necesidades de la agroindustria. La integridad genética de la Esposa del Sol ha sido comprometida. Hay una palabra para la inyección forzada de genes no deseados.

La innovación tiende a provocar más innovación, y les granjeres ancestrales fueron parte de este ciclo, encontrando nuevos usos para el maíz al hacer materiales, como cuerdas con las hojas, medicina de las sedas, y deliciosas formas de cocinar las semillas, desde empanaditas hasta tamales. Entre las invenciones más importantes está la nixtamalización, un tipo de bioquímica aplicada que mejora de forma dramática el contenido nutricional del grano. El maíz es una excelente fuente de energía, pero una dieta basada sólo en el maíz puede causar la pelagra, una enfermedad nutricional causada por baja niacina. Sin embargo, si el maíz es procesado en una solución fuertemente alcalina, la niacina presente puede ser fácilmente absorbida por el cuerpo. Entonces, los pueblos tradicionales han cocinado el maíz con cualquier fuente de hidróxido de calcio que tengan a mano, desde conchas de mar hasta lejía. Esa tecnología continúa hasta el día de hoy.

Cuando hago nuestra tradicional sopa de maíz Potawatomi, empiezo hirviendo las duras semillas en una olla de fresno de madera dura. Hacen lo mismo en Onondaga y en cualquier lugar en el que se hace sopa de maíz. Los granos emergen de la mezcla gris con las cáscaras sueltas y la niacina en su lugar. La nixtamalización tiene un montón de otros beneficios. El maíz tratado con lejía se puede formar en una masa conforme se sueltan los enlaces polisacáridos, mientras que el maíz sin tratar también se puede romper en pedacitos. La nixtamalización elimina cualquier rastro de aflatoxinas, una toxina grave producida por el hongo del moho que puede habitar en el maíz almacenado. Esta es una tecnología de bioprocesamiento que aumenta la nutrición, usa materiales completamente naturales que se encuentran a disposición, y no produce ningún desperdicio con un mínimo de energía gastada. La aplicación sofisticada de ciencia indígena.

Conforme les bioingenieres contemporánees aprenden más acerca de los constituyentes químicos del maíz, elles también desarrollan nuevos materiales prometedores a partir de este, como bioplásticos, textiles, adhesivos y biocombustibles. Esta nueva demanda produce competencia entre personas hambrientas en algunas regiones del mundo y en otras carros hambrientos que necesitan gasolina barata, y es predecible quién está ganando. La ciencia occidental y su visión del mundo nos permite responder a la pregunta «¿Podemos hacerlo?», pero está mal equipada para dirigirse a la pregunta de si «¿Deberíamos?».

Cuando el tiempo de la cosecha ronda cerca, mi vecino y yo estamos agradecides por los días cálidos y ventosos que hacen que el maíz seco haga ruido con la brisa. Al final de esta temporada estamos vigilando el regreso de la lluvia para traer el cultivo antes de que se moje.

A mi vecino traer la cosecha le requiere una flota de vehículos. Los camiones tolva van al lado de una cosechadora que no para de moverse, disparando un flujo dorado de granos desde el vertedero hasta el camión. Uno vacío toma el lugar de los que se llenan y se dirigen al granero. Mi calle queda crujiente con granos derramados, y las ardillas están encantadas, y gorditas.

En la granja de la herencia en Onondaga, la comunidad reúne las mazorcas en grandes canastos. En el granero todes se reúnen para echar las hojas hacia atrás y trenzarlas para colgarlas de las vigas y que se sequen. Por lo general hay mucho parloteo y risas, pero algunos días el granero está en silencio mientras todes están en ceremonias, agradeciendo la cosecha. Una vez que el maíz está seco, el descascarillado comienza. Les niñes de la escuela aman esta parte: retorcer los granos de la mazorca para que caigan en cajas de cartón. Otras manos clasificaran la abundancia en tres recipientes bajo la guía de Angie. Las semillas perfectas van al recipiente para sembrar el próximo año, preservando el anciano proceso de selección artificial de plantar lo mejor y comer el resto. Granos de colores o tamaños inusuales se separan para considerar su potencial. Las semillas que les siguen, las ordinarias, van al recipiente de comida. La reciprocidad prometida va en camino. El acuerdo está vivo: las personas cuidaron al maíz y ahora el maíz cuidará a las personas. Las personas aquí recuerdan lo que la Madre Maíz les enseñó.

Siempre hay algunos inadaptados. Los encogidos o rotos o inmaduros. Estos no se tiran, sino que se mantienen en un tercer recipiente. Angie y el equipo de la granja los esparcen afuera, compartiéndolos con sus parientes salvajes en el tiempo de hambruna de invierno. Aquí, las ardillas también están gordas.

La mayoría de la cosecha del maíz Onondaga es compartido por la comunidad, como sopa de maíz, pan de maíz, y puré de harina de maíz con miel de maple y bayas. Angie y el equipo también son cocineres tradicionales, restaurando la cultura de la comida y sus beneficios nutricionales. Todo el trabajo del verano de personas y plantas llena los estómagos de amigues y familia y toma su lugar legítimo en las ceremonias tradicionales, nutriendo personas y cultura al mismo tiempo. Esta imagen armoniosa está lejos de la norma.

La mayoría del maíz no lo come nadie. Menos del 10% de la cosecha de maíz de Estados Unidos llega a las mesas, y la mayoría de este es en forma de jarabe de maíz alto en fructuosa en gaseosas y comidas procesadas. El centro de nuestro país es un campo de maíz de aproximadamente 1500 millas de largo. ¿Qué pasa con todo ese maíz si no está alimentando a las personas? Cerca de la mitad engorda ganado, chanchos y pollos, y estimula la producción de lácteos. En un mundo hambriento, tenemos que recordar que la eficiencia de convertir calorías de maíz en calorías animales es baja. Por cada 100 calorías que una persona podría recibir por comer maíz, solo 15 llegarán a tu plato en forma de proteína animal. Sin embargo, desde 2011 se ha usado más maíz para la producción de etanol que para el consumo humane y animal combinados. ¿A qué costo?

La producción de maíz hoy usa más recursos naturales que cualquier otro cultivo. Cerca de 90 millones de acres están sembrados con maíz, y los últimos restos de la pradera nativa y los pastos están siendo arados para maíz cada año. El maíz es un cultivo hambriento y sediento. Grandes cantidades de agua son consumidas, y una asombrosa cantidad de fertilizante. El maíz no sólo consume un montón, también produce un montón de desecho. La mayoría del fertilizante nunca llega a la planta, en vez de esto se lava corriente abajo, produciendo floraciones de algas en las aguas que encuentra a su paso y a la larga crea una creciente zona muerta en el Golfo de México. Ríos muertos, pérdida de biodiversidad, díganle adiós a las praderas, a los tordos arroceros y a las alondras, por no decir nada del precioso suelo dejando los campos y sedimentando los ríos. La presión económica detrás de esta continua expansión de campos de maíz tiene poco que ver con llenar estómagos vacíos. En el agronegocio de hoy se alimentan más carros que personas.

No culpo a mi vecino granjero por la agricultura industrial. Él también ha estado atado a un sistema que lo trata como una pieza de engranaje. Su familia ha cultivado este valle por generaciones y se ha tenido que adaptar a las presiones cambiantes para mantenerse en la tierra. La honorable llamada de la agricultura está siendo deshonrada por una visión de mundo e instituciones económicas que demandan sin descanso tomar más sin preocuparse por regresar nada. Él también está siendo colonizado.

El ver vagones de tren llenos de granos dorados descargar en fábricas de etanol me crea un dolor que me carcome el intestino, es el dolor de la traición. La Madre de Todas las Cosas, la Semilla Maravillosa, no está de acuerdo con esto. Es muy muy distinto verla como un ser sagrado a ser una mercancía industrial. ¿Cómo llegamos hasta aquí?

La colonización es el proceso en el cuál un pueblo invasor busca reemplazar las formas de vida originales con las suyas propias, borrando la evidencia de derechos anteriores sobre el lugar. Sus herramientas son: poder militar y político, educación asimilativa, presión económica, transformación ecológica, religión y lengua.

Los colonizadores toman lo que quieren y tratan de borrar el resto. El concebir las plantas y la tierra como objetos y no como sujetos, como cosas en lugar de como seres, brinda una distancia moral que permite la explotación. Valorar el potencial productivo del cuerpo físico, pero negar la personalidad del ser, reduce una persona a una cosa en venta. Esto también es una manifestación del colonialismo.

Hay otra palabra tirando de mi manga, pidiendo reconocimiento. Esta palabra es esclavitud. De pie, solas, en líneas rectas en campos envenenados, forzadas a llevar genes que no son propios, hoy el maíz sagrado está esclavizado a un propósito industrial: alimentar carros y fábricas.

¿Corn? ¿Maize? ¿Madre de Todas las Cosas? Renombrar es una herramienta poderosa del colonialismo en la que el colonizador borra los significados originales y los reemplaza con sus propios significados. Esta práctica de imperialismo lingüístico también disminuye al maíz de su estado como Mahiz, el sagrado dador de vida, a una mercancía anónima. Los idiomas indígenas, las formas de vida, y las relaciones con la tierra todas han sido sujeto de la violencia del colonialismo. La misma Maize ha sido una víctima, y también vos, cuando una visión de mundo que cultivaba relaciones de honor con la tierra viva ha sido sobrescrita por una ética de explotación, cuando nuestres parientes plantas y animales ya no nos ven con honor, sino que vuelven sus caras. Pero hay una semilla de resurgimiento, si estamos dispuestes a aprender.

La invitación a descolonizar, rematriar, y renovar la cosecha honorable se extiende más allá de las naciones indígenas, hasta cualquiera que coma. La Madre Maíz nos reclama a todes como niñes de maíz bajo la vaina. Sus enseñanzas de reciprocidad son para todes.

No digo que todes deberían volver a la agricultura de las Tres Hermanas, o a cantarle a sus semillas, aunque admito que ese es un mundo en el que quisiera vivir. Lo que sí necesitamos es restaurar el honor en la forma en que se cultiva la comida. El agronegocio es rápido en señalar que no podemos alimentar a un mundo de cerca de ocho billones de personas sólo con jardines. Esto es cierto, pero omite la realidad de que la mayoría del maíz que sembramos no va a las personas hambrientas, está alimentando carros. Hay otro tipo de hambre en nuestra sociedad opulenta, un hambre de justicia y sentido y comunidad, un hambre de recordar lo que la agricultura industrial nos ha pedido olvidar, pero que la semilla recuerda. La buena agricultura debería satisfacer esa hambre, también.

Estoy pensando en la forma en que el abuelo Teosinte se mezcla con el maíz en los bordes de los campos tradicionales, bien recibido como una fuente de guía y diversidad. ¿Podríamos invitar el conocimiento ancestral a nuestros campos por esas mismas virtudes? La agricultura industrial insostenible necesita un flujo de genes filosóficos desde nuestro conocimiento indígena. Una polinización cruzada de una relación respetuosa para criar una nueva agricultura que honre a las plantas tanto como a las personas. Juntes podemos recordar nuestro convenio con el maíz, que ella cuidará a las personas, si nosotres la cuidamos.

El maíz sabe mejor en el sistema de honor.


Robin Wall Kimmerer es madre, científica, profesora, y miembro inscrita de la Nación de Ciudadanes Potawatomi. Es autora de Braiding Sweetgrass: Indigenous Wisdom, Scientific Knowledge and the Teachings of Plants. Kimmerer vive en Syracuse, Nueva York, donde es una Distinguida Profesora de Biología Ambiental en la SUNY y fundadora y directora del Centro para las Personas Nativas y el Ambiente.


1«Traditional Ecologic Knowledge».

2Gail Woody, “Where Corn Is King,” West Virginia Living, mayo-junio 2013, 18–19.

@Kunkoloroj @CharleStone, en realidad no se mucho de maíz. Creo que el texto les va a gustar, y de paso me pueden ayudar a corregir todo lo de ciencias de la vida que pude entender mal.

@Lemur si tenés un rato, te agradecería ayuda con la edición :smiley:

Y les demás, bievenid+s a leer y dejar sugerencias para mejorar la traducción :heart:

Querido, hermoso texto. Leí el original, voy a leer la traducción que hiciste y si veo mejoras en la parte más técnica te aviso o me contás si puedo editar yo mismo.

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Convertí el mensaje de arriba en un wiki. Eso significa que cualquiere lo puede editar. ¡Gracias @CharleStone!

Está muy tuanis lo que llevo. Voy a terminar el original y le entro a la revisión :film_strip::eyes::sparkles:

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Ya lo actualicé con las correcciones de @Lemur :heart: ¡Muchas gracias!

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Qué genio traducir esto aquí, vinculando saberes. Me encanta. Claro que colaboro en la misión.

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